El calor nos tenía el cerebro licuado ya después de pasar varias olas de calor, atravesar secos desiertos y húmedas zonas pantanosas. El calor.
Puedes pasar calor dando una vuelta un día, o en un viaje de fin de semana… pero cuando es un día tras otro durante varias semanas, te garantizo que hace mella en el ánimo y no se piensa con claridad.
Empiezas a darte unos madrugones bestiales para salir casi de noche, no se descansa igual, te pones como objetivo acabar la etapa del día a la hora de comer, pero siempre se alarga de más porque te pierdes, porque el sitio que parecía que te iba a gustar no te gusta, o porque el sitio que no pensabas que te fuera a gustar daba más de sí de lo que parecía en un principio.
Así que, ya en Washington D. C., en la penumbra de una habitación de hotel en el centro, decorada como si fuera un alojamiento toscano, bajo un intenso chorro de aire acondicionado y en calzoncillos, tuvimos que abordar la discusión.
¿Sturgis?
Llevábamos más de dos meses de viaje recorriendo Estados Unidos y parte de las etapas más importantes eran las Black Hills, Deadwood, Yellowstone más allá… Sturgis. Tenía hasta unos días de alojamiento en lo que parecía ser un motel correcto y a un precio moderado dadas las fechas. Durante la celebración del Sturgis Rally es misión imposible encontrar algo así, y yo lo tenía.
Pero se nos presentaban varios problemas logísticos sobre la mesa.
El primero era el cansancio. Estar lejos de casa durante tanto tiempo cansa, llevar todo a cuestas en la moto cansa, deshacer el equipaje una tarde y rehacerlo de nuevo a la mañana siguiente, temprano, para seguir camino… mola, pero cansa.
Cuando llevas una semana te crees el rey del mambo. Cuando llevas un mes algunas veces ya tuerces el morro, sobre todo si el día no se dio tan bien como esperabas… Cuando llevas más de dos meses viviendo así, con todo lo que ello conlleva —dejo a la imaginación del estimado lector el tema de lavar ropa, comidas, etc.—, pues la moral muchas veces ya no está tan alta.
A eso se le une que la moto, para su vuelta a España, tenía tres puntos de salida posibles en EE. UU.: Nueva Jersey, Houston y Los Ángeles.
Nueva Jersey estaba a una jornada escasa de camino. Houston y Los Ángeles obligaban a cruzar el país entero de nuevo.
Así que empecé a revisar el mapa y me di cuenta de que Sturgis significaba, casi con total seguridad, volver a la Costa Oeste de nuevo para devolver la moto, o volver al abrasador Texas para hacer lo propio.
Y no solo eso.
Significaba también subir a ver el Niágara, por supuesto, Chicago, Milwaukee y el museo de Harley-Davidson… y atravesar el yermo paisaje del Medio Oeste americano.
Solo de pensarlo me daba vértigo.
Además, significaba también buscar dónde hacerle a la moto, como mínimo, otro cambio de aceite. Otra movida logística.
¿Sturgis?
Ese año tocaba Lynyrd Skynyrd y algunos artistas más… que tenía unas ganas increíbles de ver. Y quería, deseaba sobre todas las cosas, ir a la concentración.
Pero la lógica y el cansancio, y por qué no decirlo, la responsabilidad, me hicieron pensar que la mejor opción era olvidarlo. Cancelar la reserva del motel… y dejar la moto en Jersey.
Si me lo planteara ahora, iría a calzón quitado. Pero hay que ponerse en las botas de alguien que lleva ya meses de viaje.
Además, con Lola.
Que se portó como una auténtica heroína.
La persona que va de paquete, aunque vaya con toda la ilusión del mundo, no disfruta igual que el piloto. La moto es para el piloto. El copiloto siempre hace la concesión de ir. Y ella se ha recorrido todo EE. UU. conmigo, de copiloto, soportando todas las inclemencias y el cansancio, sin el aliciente del pilotaje.
¿Debía embarcarla en otros tantos miles de kilómetros?
Pues pensé que no.
Que ya habíamos tenido suficiente. Que ya íbamos a hacer suficiente proeza enviando nuestra moto y atravesando todo EE. UU. de costa a costa, recorriendo tantos maravillosos paisajes.
No era necesario más.
Ya nos habíamos demostrado que éramos capaces de hacerlo.
Fuimos porque quisimos y, cuando quisimos, nos volvimos.
Además, se me ocurrió una idea bastante de dominguero…
Como estábamos en la Costa Este, el Caribe estaba muy cerca. Quizá, mientras la moto volvía al Viejo Continente, podíamos estar unos días tomando un descansito en alguna zona chula, haciendo escala antes de volver…
Así que sí… cambié una semana en Sturgis por una semana en el Caribe mexicano.
La decisión era firme. Con el dinero que nos ahorrábamos, además, incluso salía a devolver: vuelo directo a Cancún, hotel y luego vuelo directo a Madrid.
Hoy no lo haría ni loco.
Joder.
La simple idea merecería que me quemara la moto cualquier motoclub 1% en mitad de la carretera…
Pero, como decía un poco más arriba, hay que ponerse en las botas de un matrimonio que lleva todo en un petate durante más de dos meses, cada día en un sitio.
Hay decisiones que sobre el mapa parecen cobardes y, vistas desde dentro del viaje, eran simplemente las correctas.
Desde Cooguifactory queremos agradecer la colaboración de Montelora Adventure por contarnos esta excelente historia vivida en carne propia.